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2016/09/29

El día que mi hermano toreó al oso

Os quiero contar una historia real que pasó hace ya algunos años. Yo nunca he sido un buen estudiante, mis notas nunca han sido brillantes. Casi siempre mis aprobados dependían de cómo el profesor desarrollara su método de enseñanza y prácticamente eran todos lamentables, la mayoría de profesores en este país están más preocupados de cuántos días tienen de vacaciones que de mejorar el sistema de enseñanza y aprendizaje.

El caso es que aquel año como siempre me quedaron algunas asignaturas para septiembre. Mi padre, una persona cabal la mayoría de las veces, de alguna u otra forma siempre intentaba buscar el método más efectivo para que pasara el verano estudiando ya fuera por mi cuenta o en clases particulares. La negociación siempre la precedía un discurso unilateral que venía a decir que lo que no había estudiado durante todo el año lo iba a estudiar en verano sí o sí, aunque siempre había un mínimo margen en el que poder moldear en cierta medida los horarios y el tiempo libre.

El momento de darle las notas a mí padre era algo horrible. Él venía de trabajar con sus historias en la cabeza y aún con la chaqueta y la corbata sin quitar, me arrastraba como un hurón con cara de pena con las jodidas notas en la mano para entregárselas casi en reverencia real.

Imaginaos la escena, en mi habitación dos camas, mi padre sentado en una junto a mi hermano pequeño, yo enfrente de ellos sentado en la otra, la temperatura perfecta y a luz entrando por la ventana. Mi padre ya había terminado el discurso, las condiciones del verano habían sido aceptadas, lo malo ya había pasado y mi padre para dar un toque épico a la escena concluye con una frase de película, mirándome fijamente me dice "vas a sentir mi aliento en tu cogote" ... no sé si fue fruto de una hipoxia transitoria o un fallo neuronal pero sin pensárselo dos veces mi hermano pequeño miró a mi padre e imitando su propia voz le dijo "y tú vas a sentir mi polla en tu culo".

Como os lo estoy contando queridos amigos, aún siento escalofríos cuando recuerdo la escena. Fue tan épico el momento que mi padre no supo cómo reaccionar, cruzamos las miradas, sonreímos, se levantó como si nada y se fue. Creo que su cerebro optó por tomar la salida menos sangrienta posible, era eso o coger la espada que adorna la mesa del salón y atravesarnos el pecho con ella.

Aún nos reímos como locos cuando recordamos aquel momento. Una de las hilarantes historias de mi familia.