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Huevos de codorniz

Yo no tendría ni los 10 años, había ido a comprar con mi padre la compra grande del mes, parece que eso de la compra grande del mes ya se ha perdido, hoy todo el mundo picotea cada tres días en mercadona comprando cosas sin criterio ninguno, pero hace años las familias decentes hacían la gran compra del mes, y el pan y ese tipo de cosas se dejaba más para diario. Como te iba diciendo yo era un crío y lo que realmente quería era estar en casa jugando al Advanced Destroyer Simulator en mi flamante ordenador Sinclair, pero en lugar de eso mi padre me había quitado de en medio para no pelear con mis hermanos y me llevó con él a hacer la compra. Un niño se adapta rápido a las inclemencias y yo que siempre he sido muy curioso comencé a deambular por aquellos pasillos centrándome en los productos que me llamaban la atención. Le preguntaba a mi padre que si esto o lo otro lo podía echar en el carrito, lo típico, que si los petite suisse de danone, el extinto paquete de cuatro bollycaos rebosantes de chocolate, las salchichas sabor jamón que me flipaban, bueno lo típico que a un niño le gustaba. El caso es que a la vuelta de un pasillo vi algo que me llamó poderosamente la atención, lo recuerdo como si fuese ayer, unos paquetitos de plástico apilados con unos ovoides misteriosos en su interior. ¿Qué diablos era aquello que estaba en un rincón de uno de los lineales refrigerados?

  • ¿Papá, esto qué es? 
  • Son huevos de codorniz.  
  • ¿Huevos de codorniz? ¿Pero se comen?

Y así me fue contando mi padre que eran huevos de otro tipo de ave más pequeñas que las gallinas y por eso sus huevos también eran más pequeños. Yo no salía de mi asombro, acababa de descubrir que existían huevos en miniatura de pájaros que también se comían. Por supuesto que mi padre cogió un paquete y dijo que los haríamos para la cena. Bua... yo lo estaba flipando, desde aquel momento todo lo que había en aquel hipermercado dejó de tener sentido para mí, yo no paraba de darle vueltas al paquetito de huevos de codorniz leyendo todo lo que ponía, efectivamente, según decía la etiqueta eran huevos de verdad, no me lo podía creer.

De regreso en el coche, no paraba de pensar en cómo serían, si verdaderamente serían blancos con la yema dorada como los de gallina. Al llegar a casa lo primero que hice fue decírselo a mis hermanos, entré en mi habitación con el paquete de huevos de codorniz en la mano, les expliqué todo lo que me había contado mi padre y les dije que por la noche los probaríamos. Pasé toda la tarde deseando de que llegara la hora de la cena, ilusionado como sólo un niño puede estarlo. Y llegó el gran momento. Me coloqué con mi cabeza encima de la encimera y observé cómo mi padre tenía que romper la cáscara dándole golpecitos con un cuchillo, los comenzó a echar a la sartén y allí los vi, aquellos diminutos huevos fritos chisporroteando en un poco de aceite. Por fin los probé. Me encantaron. Qué ilusión.

Te cuento esto porque estoy aprovechando el final de este distópico 2020 para hacer un cambio en mi workflow. Cada vez tengo más máquinas virtuales y también quiero cambiar la estructura de alta disponibilidad que tengo ahora, pero esto son cosas que nada tienen que ver con fleshfly y que ahora mismo no vienen al caso. Total, que quiero hacer una especie de catarsis digital y me ha dado por rebuscar en todas mis cuentas de correo para hacer una buena purga.

Ha sido una experiencia reveladora, al igual que un geólogo sabe leer las distintas etapas por los colores de los estratos de la tierra, yo he vuelto a ver los distintos estratos de internet en mi enorme y ordenada bandeja de entrada. Tengo la costumbre de guardar los correos de bienvenida cuando me doy de alta en algún sitio, desde el primer correo que manda gmail hasta las altas en todas las redes sociales, pasando por las suscripciones a lugares aterradores de internet. A comienzos de la década de 2000 yo solía enviarme correos con un grupo muy selecto de amigos de internet, era algo parecido a un boletín de noticias, si alguien descubría algo de importancia, ipso facto lo comunicaba al resto. A veces eran cosas de internet y otras veces cotilleos del barrio, de hecho acabo de leer uno donde enviaron la receta de un bocadillo que se hicieron a altas horas de la madrugada y fue un tremendo éxito, con fotografía incluida.

Leyendo esos correos, además de las tendencias del momento, he recordado la ilusión con la que se hacía todo en aquel internet. Daba igual de lo que se hablara, todo se hacía con ilusión. Una ilusión desbordante y sincera que no veo ahora en los demás. En este momento lo que me gustaría de verdad sería desarrollar un estudio explicando una vez más mi teoría de que las redes sociales cambiaron por completo la esencia de internet. Justa y curiosamente de eso hablé en mi anterior post, la esencia de la tortilla de patatas, la esencia del calendario, la esencia de las cosas.

Mi deber es perpetuar la esencia de internet con mi testimonio, sincero y cargado de épica, para que cuando te canses de esa maraña de engaños y vanidad que son las redes sociales, puedas entrar en mi humilde blog y leer a través de estas palabras los pensamientos que me rondan la cabeza. Pero necesito que lo hagas como si fuera un huevo de codorniz. Da igual que sea una de mis teorías, las enormes tetas de una señorita, el sándwich que me comí ayer, es que si lo piensas da igual lo que sea, lo importante, la esencia, es que lo leas como si fuera un huevo de codorniz, con la ilusión de estar conectado a una persona a través de su verbo. Este momento, si has llegado hasta aquí leyéndome todo este tocho, es mágico, porque que lo que yo he tecleado desde mi habitación en esta fría noche de invierno, haya terminado traspasando tu pantalla hasta llegar a tus pupilas, es la verdadera esencia de internet.

Necesitamos más huevos de codorniz.